A LA FUERZA

julio 31st, 20148:08 am

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Vivimos en sociedades, las occidentales, de contrastes asombrosos; en sociedades abiertamente contradictorias, donde lo mucho o poco que se ha descubierto del funcionamiento del mundo y de las cosas, lo mucho o poco que, no la ciencia sino los políticos, afirman que ya se sabe, no se aplica paradójicamente a la sociedad, o se aplica en contadas ocasiones.
Desde la Ilustración, la luz de la razón ha sido consagrada y puesta en todos los altares como la única guía fiable capaz de llevar al ser humano al culmen de su destino. La aplicación sistemática de la razón a todos y cada uno de los dogmas de fe heredados, la puesta en duda de todos los principios, este ha sido el gran avance de las sociedades basadas en la razón. Razón y ciencia han acabado con la barbarie. O eso se dice. Pero no es tan cierto como parece. Por todos lados se encumbran los logros de la razón y de la ciencia, pero por todos lados los veo, acto seguido, negados. No entro, como Aurobindo, a valorar si la Razón, por sí sola, por sus solas fuerzas, es guía apto para llevar al ser humano al culmen de su destino, pero sí entro a valorar el modo en que sociedades que se llaman a sí mismas “avanzadas” y “civilizadas” siguen estando todavía fundamentadas en el uso de la fuerza y en la sistemática aplicación de la coacción que se deriva de ella. Es decir, cómo sociedades que ponen en su altar a la Razón, se siguen fundando, sin embargo, en el uso de la Fuerza.
Los Estados civilizados de occidente funcionan por coacción pura y dura. Promueven tipos de acción coartadas, cortadas en su libertad, condicionadas. Se aprende desde muy pequeños por miedo al castigo, se obedece por miedo a la multa, se paga por miedo a la cárcel y, por último, se va a la cárcel por la fuerza.
En sociedades así fundamentadas, con unos niveles de hipocresía institucionalizada tan grandes, ¿qué tipo de aprendizajes son posibles, sino la mentira y la corrupción, la falsedad, el decir una cosa pero pensar la contraria, el valerse de los demás como si de verdad estuvieran “de más”? ¿Qué tipo de entrega al proyecto común se puede esperar sino el escaquearse, el defraudar, el esconderse, el famoso consejo de la abuela a su nieto: “hijo, no te signifiques”? ¿Qué tipo de filantropía internacional cabe esperar de Estados cuya única razón parece pasar, a veces, por el mero competir por los recursos, como verdaderos muertos de hambre, sin más vistas y sin más objetivos que la mera supervivencia, que es más desesperada depredación que otra cosa?
Un millón de personas (es muy difícil hablar a la vez de un millón y de persona en una misma frase, es incluso superficial y contraproducente, porque no somos capaces de imaginarnos un millón de nada, ni siquiera de alfileres, cuanto menos de personas) sin casa y sin recursos malviven refugiadas en Líbano por la guerra Siria. Europa se ha ofrecido liberalmente a acoger a 12.000 de ellos. Un 0.5% del total de refugiados sirios que asciende a unos dos millones y medio de personas. De esos 12.000, 10.000 serán acogidos por Alemania vía Turquía. Al resto de Europa le queda un 2% de un 0.5%. España ha acogido liberalmente a 136 refugiados.
¿Es esto razonable? ¿A qué le estamos demoníacamente llamando razón entonces? Las políticas basadas en fomentar la productividad a toda costa para ser más competitivos… ¿competitivos con quién? Cuando la gente se muere de hambre llamando a las puertas de tu casa, ¿cómo te puedes plantear la competitividad en estos casos?
No sé si la Razón con sus solas fuerzas es guía suficiente para llevar al ser humano a algún lado, pero sí estoy de acuerdo con Sri Aurobindo en que ni siquiera a la razón se le ha dado la oportunidad de ponerse a prueba.
Mientras el Estado esté basado en la Fuerza, no habrá Libertad, decía Miguel Bakunin. En eso se basaba para proclamar la abolición del Estado. El anarquista Miguel Bakunin era un racionalista absoluto, quién lo iba a decir. En este sentido, su anarquismo es mucho más razonable que el nuestro.

Taid Rodríguez