ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE EL ARTE CONTEMPORÁNEO

mayo 14th, 20113:12 pm

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En demasiados casos llamamos de modo eufemístico crítica a algo que se parece mucho a una censura, a un pastoreo de pinceles y plumas. Curiosa época ésta de las libertades. Toda la estéril verborrea, teórica por decir algo, que desde hace años nos viene contaminando, amenaza seriamente con cumplir su cometido de secarnos a todos el seso. Señores como George Dickie, que al parecer es filósofo, como Pitágoras, pretenden a toda costa argumentarnos que Velázquez y Warhol se dedicaron los dos al mismo oficio. Afortunadamente, en este océano mediático, cada vez emergen más voces, actitudes y acciones de quienes van perdiendo el miedo a ser anatemizados, de quienes se proponen desobedecer la norma establecida buscando recuperar el rumbo tras descubrir que estamos navegando con un imán bajo la brújula.
Si lográsemos salirnos del carril de las ideas inducidas y nos atreviésemos a intentar por nosotros mismos la aventura del pensamiento, muy probablemente sacaríamos no poca enseñanza de establecer paralelismos y comparaciones entre la falta de libertades de ayer y las tan bien diseñadas libertades de hoy. Ayer Franco censuraba ideologías y tetas, y hoy, nos ahogamos democráticamente en ambas. A la postre la cosa parece seguir yendo de lo mismo. No deja de resultarme llamativo que la dictadura aquella, lejos de censurar al Informalismo por el potencial cultural transformador que pudiera suponérsele a un movimiento artístico, lo apoyara tan decididamente. Un alto cargo del Ministerio de Cultura de la dictadura franquista, Luis González Robles, encargado de lanzar el Arte Español más allá de nuestras fronteras, arengaba en 1959 a sus artistas diciendo: «Quiero cuadros muy grandes, muy abstractos y muy españoles». Hoy las obras de los integrantes del Grupo El Paso están, a los ojos del mercado, sencillamente pasadas de moda, o al menos así pareció entenderlo cierta renombrada galería madrileña que hace poquitos años tiró literalmente a la basura decenas de ellas, muy bien firmadas, porque simple y llanamente estimaron que ya no valían nada, y ponían en solfa el prestigio de su almacén basado naturalmente en estar a la moda, amén de que saturaban el mercado con firmas cuya demanda había llegado a ser muy baja.
¡Qué equivocado está quien piense que las vanguardias artísticas se desarrollan sirviendo a otros propósitos que a los de los poderes que las lanzan y las hacen posibles! Los grandes descubrimientos científicos y tecnológicos desencadenados a partir de la segunda mitad del XIX, y el Impresionismo, primero de los Ismos, nacieron juntos, alentados desde la trastienda por un reducidísimo número de personas formadas magistralmente en el seno de un genuino gran impulso espiritual (que no religioso). Esto no era nuevo, ya había sucedido así con El Gótico por ejemplo. Pero lo más frecuente es que sea el poder quien más empeño ponga en acompañar e inspirar los pasos del arte. El gran público, que tanto se complace en la ignorancia, no sabe que el llevado y traído Expresionismo Abstracto Americano, por ejemplo, modelo de vanguardia donde las haya, fue “inspirado” por los mismos que los golpes de estado en América Latina, y además formaba parte del mismo plan estratégico para combatir al comunismo, quien por su parte, y paralelamente, al otro lado del muro predicaba el Realismo Socialista. Era una guerra cultural, con los Pollocks contra los Gerasimovs, los Heminways contra los Sholojovs, los Bernsteins contra los Shostakovichs.
Tampoco debiéramos perder de vista que movimientos tan poco espontáneos, aunque a veces alistasen verdaderos talentos, con frecuencia se apoyaban –y se apoyan, para qué cambiar- en jóvenes inestables, volubles, sentimentales y fáciles de manejar, lanzándolos hacia un éxito organizado e inexorable: exposiciones, ferias, premios, fama, dinero… vanidad. Hoy, cuando millones de personas, avergonzadas de sus arrugas y sus canas, hacen cola a las puertas de las clínicas de cirugía estética y de las peluquerías para extirparse las marcas del paso del tiempo, parecemos más dispuestos que nunca a olvidar que todos los grandes totalitarismos han exaltado la juventud como valor en detrimento de la experiencia. Y es también hoy cuando las galerías se dan más tortas por fichar y exhibir en las ferias internacionales a los más jóvenes, glamurosos e ignorantes valores del mercado. Y cuando más premios y ayudas, privadas o públicas, se ofrecen a las jóvenes promesas emergentes fabricadas en serie en las nuevas facultades. Bueno, ahora no tanto, porque con eso de la crisis. No nos vendría mal de vez en cuando un poco de reflexión sobre los intereses ideológicos y económicos que financian y promueven las artes. Aunque sea sólo por unos instantes, echemos un vistazo más allá de lo aparente y tratemos de contemplar el panorama con un poquito más de amplitud. Puede que acabemos por descubrir que en muchos casos, al afiliarnos a las vanguardias es cuando verdaderamente nos estamos situando cerca de la complicidad con posturas reaccionarias; o que el funcionamiento del fenómeno del Arte Contemporáneo guarda gran parecido con un sofisticado sistema de propaganda.
¿Por qué se insiste tanto en decir Arte Contemporáneo? ¿Por qué no bastará con decir Arte a secas? La respuesta más lógica sería que porque en la gran mayoría de los casos designan cosas diferentes. Desde mi punto de vista toda obra de arte, si es Arte, es contemporánea siempre; pero si el peso de una obra recae específicamente sobre la condición de ser contemporánea, entonces, necesariamente y por definición, no será Arte. “Las Meninas” sería una obra de Arte tanto si hubiera sido pintado en el siglo diecisiete como en el veintisiete, por Velázquez o por otro Fulanito, porque actúa sobre la consciencia, no según un valor referencial adquirido en un sistema de mercado, sino en virtud de cualidades intrínsecas estructuradas a tal efecto, y funcionará siempre que exista el cuadro y un ser humano para contemplarlo, con independencia del contexto temporal en que se encuentre. Los bisontes de Altamira siguen funcionando, es decir, son actuales después de 15.000 años, aunque hayamos olvidado su funcionalidad específica. Pero el cuadro “Ceci n’est pas une pipe”, que no fue más que una broma, sacado de su contexto es una pura simpleza; y las “Sopas Campbell” es a las claras publicidad, pero no sólo de una marca de sopa, sino de la sopa boba servida por un totalitarismo ideológico, cultural y económico, en aquel momento renovado y triunfante, y hoy, afortunadamente, en decadencia.
Y es que el verdadero artista busca transcender al modelo aunque hunda sus raíces en él. Un cuadro puede caer dentro del ámbito de lo establecido como producto, como objeto, pero si además es una Obra de Arte, la intensidad energética funcional desde la que fue pintado, hasta convertirse en hecho cultural, sólo se podrá categorizar como Arte. El Arte es la aventura de la consciencia, acometida sin depender necesariamente de una iniciación magistral. Es la acción ilegal de un espontáneo enamorado que intuye un más allá, y que habiendo asumido el modelo e insatisfecho con él, se establece en su frontera y desde ella, atraviesa los espejos que lo alambran, y sale sin mapas a la búsqueda de nuevas intensidades en los dominios de lo inefable. Y a veces las encuentra.
El poder teme al artista porque no lo entiende, y ve en él una amenaza para su estabilidad, aunque al mismo tiempo, en secreto, sabe que lo necesita para renovarse y no terminar por fagocitarse a sí mismo. Por eso lo odia al mismo tiempo que lo persigue para fijarlo y adorarlo públicamente como a un dios.
El artista que sabe esto trabaja febrilmente, rezando para un día merecer expresar suficiente belleza como para fundir con su luz todas las cadenas.

Alberto Donaire Hernández