ANALFABETOS

abril 30th, 20129:40 am

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Seguramente una de las cosas menos propicias en tiempos de crisis como estos es quedarse con lo que se cae del edificio sin proponer nada a cambio. Pero es que, a veces, la ruina se nos aparece (como un fantasma) tan brusca, tan chocante, tan patente, que nos parece mentira que siga existiendo, que sigamos “nuestra incierta vida normal” sin tropezar y sin tropezarnos. Sin tropezarnos ni con la sombra de nosotros mismos.
Una de las formas más patentes, no ya de crisis, sino de ruina total y fracaso absoluto del sistema, es la convivencia diaria con formas atroces de analfabetismo. Hay un magnífico ensayo de José Bergamín al respecto (cuánto nos acordamos de usted, don José, cuánto de sus artículos y libros), que trata de cuando el Estado es quien se encarga de alfabetizar, de cuando el Estado es quien sostiene lo de “la letra con sangre entra”. En este ensayo, don José sostiene que la forma máxima de analfabetismo es la alfabetización por el Estado. Y qué de acuerdo estamos ¿Cuánto?, ¿50 años después, 60? Miramos a nuestros vecinos, miramos a nuestros compañeros de trabajo, miramos a quienes nos acompañan en el autobús, en la cafetería, miramos incluso a quienes esperan a ser atendidos en una sala de espera. Y ¿qué vemos, qué escuchamos? Asistimos a una constante sucesión de escenas irreales en las que se representa, una y otra vez, la victoria del planteamiento estatal. Asistimos a escenas automáticas, con autores automáticos, con guiones recitados como una retahíla, esto es, automáticamente, cuyo contenido es siempre plano.
El planteamiento estatal es el “planeamiento” estatal, un plan concebido para “planificar”, para convertir las cosas en planas y que sobre ellas se puedan llevar a cabo fácilmente previsiones y “planes”. Eso somos para el Estado, ni más, ni menos. Y para que seamos eso, debemos mamar todos el mismo discurso. Una y otra vez, mamarlo desde la cuna. Ya desde esos primeros momentos en el hospital empezamos a ser educados, empezamos a ser planificados, analfabetizados. Somos medidos, pesados, medicados, vestidos y pañalizados. Manipulados como se manipula un chorizo o como se manipula un pollo en una pollería. Sabían mucho más y eran mucho más cultos que nosotros los pastores analfabetos de las fábulas de don Quijote. Estos pastores, a cinco siglos vista, nacidos malamente en una casa seguramente fría, nada esterilizada, sin epidural, sin oxitocina, sin atención “médica”, pero con amor. Seguramente tenían sus siete años de infancia, algo que nosotros nos estamos robando, aunque luego empezasen a trabajar a los ocho. Entre fábulas y monte, entre dichos y soledades, estos pastores acababan sabiendo algunas cosas. Desde luego sabían que eran analfabetos, sabían que no sabían. Sabían que no sabían, por ejemplo, escribir, o leer, o contar, o sumar. Pero lo sabían. Hoy nosotros no somos conscientes de que somos analfabetos. No somos conscientes de que la mayoría de nosotros no sabemos leer ni escribir. Un porcentaje muy alto, muy alto, de la población limita sus lecturas a los titulares de los diarios deportivos. Y limita sus conversaciones a esos mismos temas, salvo con los compañeros de trabajo, con los que se habla también de trabajo, y salvo con la mujer, con la que uno se anima a comentar esporádicamente alguna situación televisiva.
Como escribía una compañera, no hay ya poetas que matar, porque no hay poesía. No hay tampoco música. Y una sociedad que no canta, que no baila, está destinada a desencontrarse. Esta es la gran paradoja de los Estados, el gran e insoluble problema al que se enfrentan todas las grandes sociedades, más o menos secretas, que se afanan entre bastidores por controlar el mundo. Controlar significa planificar, planificar supone matar la diferencia, matar la diferencia es acabar con la sociedad. ¿Cómo sostenerse en este difícil equilibrio? Mezquinamente supongo.
HRC