ANTE EL ALTAR DE IEVO

octubre 17th, 201212:00 pm

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Este Palus Erebeus, este río Iber y esta ciudad de Herbi (“Huerba”, que dice un amigo), que Avieno sitúa juntos, están o deben de estar los tres relacionados con ese altar a IEVO que parece existía en la ciudad de Mari, situada en la lejana Siria, el país de Sirio y, por supuesto, de las sirenas. Que la relación tuviese lugar primero en una dirección o en otra, parece en estos momentos de importancia secundaria. Lo primero es establecer quién era este dios IEVO.

Y si bien parece relacionado con ese tiempo al que santo Tomás de Aquino asignaba un comienzo, pero no un final, el tiempo propio de los ángeles y de las almas, lo cierto es que debe tener alguna representación más cercana y más mundana que la filosófica que nos da el autor medieval. El tiempo en que tiene lugar la Evolución y perfeccionamiento de las almas debe estar dotado de algunas características propias definitorias. Y desde el punto de vista de los hombres que lo han definido, es decir, desde el punto de vista de “las luces” de este mundo, en que la Evolución se adentra en la espesura que propicia un determinado cruce del espacio- tiempo, cuando las almas entran (descienden, dicen muchos) en la niebla, esos caracteres están bien definidos.

En esta nuestra Edad de hierro, que dirían los cabreros con don Quijote, la faz de Evo es la faz de Lucifer. En la dorada edad su faz sería otra bien distinta, más luminosa o, mejor dicho, iluminada por otros “tipos” de luz. Esas otras luces se perdieron en parte, dando lugar a la Edad de bronce. Y se terminaron de perder definitivamente en la Edad de hierro, donde solo quedó una: la Luz de Hierro, la luz de Lucifer (Luci-ferrum).

A pesar de que Lucifer acabó fagocitando a los otros tipos de luz, los Iberos fueron enseñados en la noción de que el ser humano seguía estando preparado para recibirlas, que no había perdido su capacidad de adquirirlas y que, de hecho, era una su responsabilidad: recuperarlas para traer una nueva Edad de oro. Por esto levantaron sus altares a Evo a la vez que reconocían el imperio de Lucifer como principio dominante. Lucifer a la vez como medio e imperio, esto es, a la vez medio e impedimento. Mucho debemos hablar de este principio cuando nos adentremos en los misterios de su altar, Lucifer fanun, en Sanlúcar, uno de los siete santos lugares dedicados a la Luz de Hierro.

Pero aquí estamos hablando de Evo o Ievo. Es decir, antes de que diera comienzo la Edad de Hierro. La luz en que fueron adiestrados los Iberos iniciados, los Erebeos, era simbolizada por el púrpura. El púrpura simboliza el color de menor vibración, el que domina durante toda la noche. Por extensión simboliza ese «tipo» de luz que, más que perdida, se encuentra dormida, como capacidad que permanece latente y que, de momento, es invisible, oscura, como la noche. Cuando esta capacidad despierta, como hija de Erebo o Evo, la llamaron Phanes, Photos o Amor. De ahí que se pueda identificar a los Amoritas como Iberos. Amoritas serían quienes conocen y llevan a cabo los ritos de ese tipo de luz. La simbolizaron en Amor (Eros con alas de oro para los griegos) porque, como los sentimientos, es un tipo de luz que «no se ve». Hoy la llamamos «luz oscura» o «materia oscura» y tiene que ver con lo que sólo aparentemente está vacío.

Los iberos, llegados muy posiblemente del norte de África, de esa región del áfrica sahariana que antaño parece ser fue un verdadero vergel, fueron iniciados en los misterios de Evo en los diversos templos y altares de la región Erevea, la cual lindaba con la antiquísima ciudad y civilización de los Tartessos. Aquí, en Tartessos, los divinos curetes eran quienes enseñaban esos misterios.

La presencia de un altar de dedicado a IEVO o EVO en Mari, tan cerca de Canaán que casi no se pueden distinguir uno de otro, debe alertarnos sobre la posibilidad de una síntesis en relación con Yavhé, el dios de Israel, y por tanto, de una relación entre los Iberos y los hebreos a través de los Amoritas. Los hebreos, llamados «habiru» por el Génesis, fueron una de las tribus que entraron en Siria y Palestina confederadas con los Amoritas. Conocían, por tanto, los ritos iberos y puede que los siguiesen, e incluso puede que racialmente algunos fuesen iberos ellos mismos. La relación de los «habiru» con los Amoritas es conocida y viene claramente expresada en varios pasajes de las escrituras de los hebreos.

Como iniciados en los misterios de Erebo conocerían las antiguas tradiciones ligadas con Tartessos y su remoto origen vinculado a la Península ibérica. Las referencias veladas o no veladas a la Península ibérica son continuas, y no es casualidad que la cábala hebrea hallase su máxima expresión en España. De hecho, la cábala fonética nos enseña que una de esas claves se encuentra en el nombre de Yahvé, que debemos relacionar con Ievo, como expresión de la posibilidad de alcanzar una capacidad de «ver» perdida: Ya-veré, veré o Yo-veré.

Sin emabargo Yahvé, como Lucifer, es a la vez medio y barrera, y su tendencia a abarcarlo todo, a imperar como principio único, es bien conocida de todos. Yahvé es a la vez la «llave» y la puerta que sirve de barrera. Esto no pasa con IEVO, en cuyos ritos y en cuyo culto la mención y la referencia a «otras luces», a «otros tipos de luz» y a unas capacidades dormidas en el hombre que hay que despertar, son constantes. No obstante, es solo la parte pública del culto hebreo de Yahvé la que le afirma como dios único. La parte no-pública, la cábala y la mística sobre todo, sí hablan de esas otras luces y de esas capacidades latentes que hay que ir despertando.

Taid Rodríguez, historiador