EL MISTERIO DE LA CASA KOLB

mayo 12th, 20187:59 am

0


Los años no habían enfriado mi fascinación por el Oeste americano, que descubrí en las salas de cine de la infancia: pertrechada con una bolsa de pipas, me sumergía en la enorme pantalla dejándome invadir por la nostalgia cuando un relincho barría las grandes extensiones desiertas o el sol maduro arrancaba reflejos sonrosados a las impresionantes montañas; el corazón me daba un vuelco al oír el silbido de una serpiente emboscada en las rocas, y atragantándome con las pipas, gritaba junto a los demás niños para alertar del peligro al incauto, que le descerrajaba un tiro certero y dedicaba luego a la cámara respiro y mirada de alivio, interpretados como mudo agradecimiento a la chiquillería. Pero si la serpiente cumplía con su ancestral obligación, un curtido vaquero se lanzaba a succionar el veneno de la picadura y salvaba a la víctima.
Yo soñaba con ir a ese mundo que el cine me había desvelado, y mientras llegaba el momento de conducir mi cuerpo hasta las grandes praderas, lo instalaba en una butaca de patio o en el duro banco del gallinero y vivía un sucedáneo del futuro, esforzándome por retener los nombres y las circunstancias que citaban los actores: para llegar a tal fuerte en Arizona, había que atravesar territorio apache; sólo un loco se adentraría en el Valle de la Muerte; los sioux habían dejado las reservas de Dakota y estaban en pie de guerra; comanches sanguinarios coleccionaban cabelleras… Casi todos los blancos eran muy chulos, y se dirigían frases del tipo: “¿A dónde crees que vas, forastero?”. También compartía la fascinación por el peligro a bordo de una carreta conducida por una mujer de gorro blanco, que observaba con inquietud las distantes montañas azules temiendo verlas silueteadas por pieles rojas erguidos sobre los caballos que los españoles llevaran al continente para hacer posible la épica y la estética de ese reñido territorio.
Sin embargo, en las películas raramente se nos mostraba a los indios en su entorno natural: en tiendas oscuras y protectoras como úteros; sentados alrededor de una hoguera bajo las estrellas; fumando sus pipas arrullados por los familiares aullidos del coyote y el crepitar de la leña al alcanzar el tono del rubí; socavados por la tristeza o la enfermedad; con sus cuerpos de cobre estremecidos por el amor humano o el divino al elevar plegarias a sus dioses… Aparecían sus campamentos sólo para conmovernos con un torturado prisionero de ojos azules sujeto a un tótem, mientras se nos escamoteaba a los niños indios hambrientos o acosados, porque en la identificación ya no aplaudiríamos al Séptimo de caballería, que masacraba justiciero a los “salvajes” a golpe de corneta, arropado por música marcial en calculado “crescendo”. El Séptimo, siempre era el Séptimo; los niños nos preguntábamos dónde estarían los otros seis tardones.
Las películas suscitaron en mí la afición por la novelas del Oeste, siempre de dos en dos, una oculta bajo el colchón y otra, detrás de la cisterna del baño, cuya puerta aporreaba mi acuciante familia con desconsideración en lo más culminante del relato. Una bala de plata disparada por el revólver del forastero –seis pies y muchas pulgadas de estatura, mirada fría, pasado misterioso- lograba atravesar de una sola vez la frente de varios enemigos. Envidiaba esa personalidad autosuficiente, que en la montaña o en el llano permanecía en calma, combatía la injusticia y merecía siempre el amor de “la chica”. El artículo determinado marcaba su protagonismo sobre otros personajes femeninos, generalmente de imprescindible conducta disoluta, como era fácil comprobar a través de las puertas batientes del “saloon”, desde el que se arrojaban a la calle polvorienta las notas ligeras de un pianillo, el cuerpo de un tramposo y la certeza del pecado. Esas mujeres servían de contrapunto a las cualidades de “la chica”, que era siempre eficiente, honestísima, y mucho más guapa que las otras perdidas. Y entre la exaltación de la moralidad de una, que conllevaba aburrimiento, conformismo, espera, y la censura a las demás, caídas sin remisión en el vicio y en la soledad, yo tenía muy claro lo que quería ser: hombre; porque tal y como me lo presentaban, aquel era un mundo difícil, rudo, frontal, un mundo de hombres. Muy de vez en cuando se veía a mujeres defendiendo valerosamente sus posesiones –sustraídas a los indios, aunque nunca se decía-; mujeres de temple que enterraban a sus seres queridos con los ojos secos y los labios apretados y sacaban adelante su hacienda empleando para ello capacidades masculinas, como disparar, conducir ganado o cabalgar largas distancias, después de haber hecho gala de las femeninas: parir y criar hijos en situaciones extremas. Pero nunca vi a un hombre amasar pan o tender la ropa de la familia. Algo olía a parcialidad en aquel Oeste en technicolor.
+++
Una gota en la nariz interrumpió mis reflexiones. Levanté la mirada y vi los enormes cúmulos que empezaban a formarse sobre el Gran Cañón, un fenómeno habitual en las tardes de estío en Arizona. Los truenos se enlazaban por efecto del eco; los espaciados goterones, un tímido aviso al principio, se transformaron con rapidez en intenso aguacero.
Los demás turistas corrieron a refugiarse en cafeterías y tiendas de recuerdos; yo opté por disfrutar a la intemperie del refrescante chaparrón, que me había sorprendido junto a unos escalones de piedra. Los descendí pausada y franqueé una puerta de rejilla que estaba entreabierta, haciendo caso omiso del letrero que decía “Private property”.
Me detuve en un porche, en el segundo nivel de una hermosísima casa de madera levantada al borde del impresionante abismo. Había estados otras veces en el Gran Cañón, sin reparar en ese edificio de paredes marengo y ventanas blancas. ¿A quién pertenecería? ¿Quién la habría mandado construir, y cuándo? Desde luego, se trataba de alguien que amaba la soledad, la del invierno al menos; aunque a juzgar por las espesas telarañas en el marco de la puerta, protegida por un breve saliente, el propietario, o sus herederos, no habían frecuentado últimamente la mansión.
Extraje la cámara del maletín y tomé varias fotos al edificio, a las rocas estratificadas en tonos rosados, y a una ardilla que también contemplaba el espectáculo. Yo me aburrí antes que ella y guardé la cámara.
El madrugón y el deambuleo bajo el calor me cayeron súbitamente encima; la lluvia era torrencial y los relámpagos se perseguían por el cielo como gacelas juguetonas, amonestadas por los truenos.
Decidí sentarme un rato allí mismo hasta que escampara o se hiciera la hora de tomar el siguiente autobús; ya había visto lo suficiente por esa vez del monumento. Pero apenas me apoyé en la puerta, ésta cedió, arrojándome hacia atrás.
Asustada y avergonzada, me puse en pie con rapidez culpable y me resigné a dar excusas por la transgresión. No fue necesario: en el umbral no había nadie.
Recogí mi maletín y aguardé un par de minutos. Nada. Sin embargo, alguien tuvo que abrir desde dentro; el leve roce de mi espalda no hubiera bastado.
Del nivel superior llegaban gritos, risas y carreras.
Ante esa puerta, abierta de par en par, dudé qué hacer. La curiosidad pudo más que la prudencia.
Con la cámara en la mano, me adentré unos pasos en el vestíbulo, desprovisto de muebles, cuadros o lámparas; sólo había una caja de cartón con troncos astillados junto a una chimenea de ladrillo limpia de cenizas, y pesados cortinajes, evidencia de un pasado esplendor, que adornaban dos grandes ventanales desde los que se veían las paredes rocosas.
Tomé algunas fotos; regresé al exterior con el corazón galopante y permanecí unos minutos de cara al umbral. No me atrevía a dar la espalda por la sensación de que alguien me acechaba, pero era incapaz de resistirme a husmear.
Crucé el vestíbulo y llegué a una habitación que se abría a la derecha de un breve pasillo; estanterías de madera oscura cubrían hasta el techo las paredes laterales; en la tercera, frente a la puerta y bajo una ventana desnuda, un tablero de la misma madera se adosaba a la pared formando ángulo con las estanterías. Junto a la pieza, una estrecha escalera conducía a la planta inferior, pero no me animé a descenderla por si me topaba con quien estuviera por allí, aunque sólo oía los crujidos de la tarima bajo mis pisadas precavidas.
En el fondo, que me sorprendieran durante mi furtiva incursión –inocente delito de curiosidad- me preocupaba menos que el aire de amenaza que percibía en el ambiente.
Tomé algunas fotos y volví al porche.
No advertí si continuaba lloviendo, no consulté el reloj para cerciorarme de que aún podría tomar el autobús previsto; mi atención se centraba por entero en ese reducto misterioso en el que captaba una presencia, una presencia masculina.
Como mi voracidad lectora de novelas del Oeste hacía cedido el testigo a los relatos de suspense, era muy posible que me estuviera sugestionando y pretendiera convertir en realidad las excitantes páginas incrustadas en la memoria.
Sea como fuere, decidí apurar mi resistencia emocional.
Entré de nuevo; dejé atrás a paso ligero el vestíbulo y la habitación de las estanterías y descendí los peldaños. Desembocaban en un enorme salón, también sin muebles, rodeado en sus tres cuartas partes de una galería elevada y presidido por una gran pantalla suspendida desde unas guías. Dos columnas muy alejadas entre sí cumplían la función de sujetar el techo. Todo era de recia y brillante madera. Unos cortinajes en tono salmón, como los del vestíbulo, flanqueaban cuatro anchos ventanales que se iniciaban próximos al suelo. Las vistas sobre el Gran Cañón daban al conjunto un sentido de irrealidad.
Me vino a la memoria la primera vez que llegué al monumento, a finales de los años sesenta, en mi primer viaje al Oeste. No me defraudó. Los últimos rayos del sol de agosto incendiaban las nubes y las reflejaban en el Colorado, dos mil metros más abajo. La belleza del lugar me conmovió; entendí mejor la suite que Grofé le dedicara, e imaginé la impresión de López de Cárdenas, hombre de Coronado y el primer blanco en avistar el Gran Cañón. Mas a pesar de la fugaz presencia española y la definitiva conquista del Séptimo, aquel sería siempre territorio indio; el aire estaba impregnado de quietud y fatalismo.
Con objeto de disfrutar en la intimidad de esa experiencia mágica, me separé unos metros de los amigos con los que viajaba y busqué asiento en el borde; al hacerlo, se desprendió un guijarro y pude oír durante unos segundos su rebote en los salientes. Muchos habrían perdido la vida por un error de cálculo en esos bordes, o en el fondo, deshidratados por temperaturas de sesenta grados, o por la mordedura de una serpiente que no estuviera amañada con el cine, o en los peligrosos rápidos del turbulento Colorado. Concluí que era bastante fácil morir en el Gran Cañón, pero lo que yo sentí en aquel momento, recibiendo la leve brisa y el piar de los pájaros despidiendo el día fue una intensísima impresión de vida. De vida eterna.
+++
Volví al presente. Saqué una foto… y me lancé escalera arriba como si me persiguieran.
Ya en el umbral, con la respiración entrecortada, admití haber llegado al límite emocional.
No lograba entender cómo había cedido aquella puerta, ni el significado del edificio que, como una ladrona, acababa de visitar. No debí hacerlo; parecía un santuario del pasado. Su atmósfera pertenecía a otros y mi curiosidad y mis fotografías estaban de más.
Tiré con fuerza de la hoja de madera y me cercioré de que quedaba bien cerrada. Un signo de respeto, y un seguro para mí misma, ya que no podría volver a entrar.
Me conocía bien en ese aspecto, porque a los pocos segundos me arrepentí de haberlo hecho.
La tormenta había amainado. Lentamente, aún impresionada, me colé por la puerta de rejilla y ascendí los escalones.
Dos muchachos japoneses me vieron, y en ese afán de imitación que los caracteriza, se cruzaron conmigo, decididos a explorar el lugar del que yo procedía.
Les advertí con cinismo que era propiedad privada; no me prestaron atención y continuaron bajando. Los seguí con la vista, como un celoso guardián, sin moverme. Observaron la casa y tocaron la puerta, que esta vez no se abrió.
Respiré hondo y me alejé.
Notaba la garganta seca, efecto del miedo, y aligeré el paso hacia la cafetería más cercana a la parada del autobús, resuelta a abordar el primero a Flagstaff tan pronto hubiera bebido algo.
Casi había llegado, cuando un impulso me hizo dar la vuelta. No abandonaría el Gran Cañón sin averiguar el origen de la extraña residencia.
La bordeé hasta hallar la puerta principal, en el nivel superior; un letrero en el muro aclaraba que había sido construida entre 1904 y 1926, y que fue hogar y estudio de Emery Kolb, pionero, junto con su hermano, de las películas que exploraban el monumento; ya en 1915 pasaban diariamente una filmación tomada desde el propio río.
Imaginé la escena: el olor a whisky y el espeso humo de los cigarros sobre las cabezas de los reunidos; los rayos del sol estrellándose contra los cortinajes que procuraban la necesaria penumbra; la algarabía que cesaba poco a poco, dando paso a una admiración casi religiosa frente a esa naturaleza indomable…
El cartel decía también que la casa Kolb llevaba cerrada diez años, desde la muerte de Emery, y se planeaba convertirla en un centro de información.
De manera que en la siguiente visita iba a encontrármelo todo abierto; la tarima pisoteada sin emoción; las estanterías repletas de tópicos folletos…
Gracias a una puerta sólo encajada había llegado a tiempo de captar la autenticidad del lugar.
Era el mes de julio de 1986; me faltaban tres años para descubrir el drama que ocultaba ese edificio, el drama que ya captara intuitivamente, origen de mi desazón mientras lo recorría.
+++
Aquel era un programa mezcla de intriga y morbo; de factura y contenido estadounidenses, informaba de casos reales aureolados de misterio. Bajo el expresivo título “Misterios sin resolver”, traducción literal del original “Unsolved misteries”, la proyectaba la televisión pública española, y yo solía seguir los distintos episodios.
Al comenzar uno de ellos, vi con sorpresa que el presentador de la serie, el actor Robert Stack, estaba delante de la casa Kolb, y aguardé sobrecogida sus explicaciones.
Para situar a la audiencia, el guión se remontaba al origen del enigma que se iba a presentar; en este caso, a las fechas en que se había terminado de construir la casa.
Era, pues, a finales de los años veinte cuando un matrimonio desapareció sin dejar rastro durante una excursión por el río Colorado.
La foto sepia, tomada con ocasión de su enlace, había fijado la belleza de la mujer, recién salida de la adolescencia y veinte años más joven que su marido, alto, delgado, de cabello pajizo y mejillas hundidas.
Los familiares supervivientes recordaban en pantalla el empeño que él tenía en arriesgarse en los vertiginosos rápidos; vendió cuanto poseía para adquirir un bote neumático, chalecos, utensilios…
Era su viaje de luna de miel. Su último viaje.
El programa recreaba, con ayuda de actores que guardaban un gran parecido físico con los protagonistas, lo que se especulaba que pudo sucederles.
Se veía a la pareja en su bote; oscilaban en la imagen a capricho de las aguas espumosas. Los cabellos oscuros, largos y rizados de la mujer, al viento; los cuerpos tensos, las miradas decididas, atentas al siguiente peligro. No había retroceso. Y no hubo retorno.
En el pueblo motivó gran tristeza que los recién casados terminaran sus vidas de manera tan trágica, ahogados.
¿Fue así en realidad? Jamás se encontraron sus cuerpos, y tampoco vestigios de su bote o enseres.
El presentador desveló entonces la causa de dedicar el programa a la casa Kolb.
Cuando se acondicionaba el edificio para abrirlo al público –como ya anticipara el letrero que leí-, hubo un macabro hallazgo en el embarcadero: en el interior de uno de los botes, bajo la cubierta de hule, se descubrió un esqueleto de hombre con un agujero de bala en el cráneo.
En la región seguía vivo el enigma de la pareja, y puesto que los análisis establecieron que aquel hombre había muerto en la época del drama, se creyó que pudiera tratarse del marido.
Los estudios comparativos de ese cráneo con el cráneo que se dedujo de las fotos del hombre no concluyeron que fuera él, pero tampoco lo desechaban por completo.
En la duda, se desencadenaron todo género de especulaciones: la pareja pudo aceptar la hospitalidad del propietario, en una de las varias paradas habituales durante el descenso del Colorado.
¿Mató el anfitrión al hombre para quedarse con la esposa? ¿O fue ella quien disparó contra su marido en medio de una pelea? Si fue así ¿dónde estaba la mujer, a quien ni familiares ni amigos volvieron a ver?
Según el presentador, ese aspecto pareció aclararse en el transcurso de una reciente excursión por el río.
+++
Al anochecer, mientras los botes permanecen amarrados y se cena en torno a una fogata, el guía refería a los turistas que lo acompañaban la sorprendente historia de aquel matrimonio; una historia que habría contado en otras ocasiones, para deleite de los distintos grupos, ansiosos de aventuras y leyendas vinculadas al mítico río.
Pero aquella vez hubo un sorprendente colofón al relato. Tras unos minutos de silencio, una mujer del grupo confesó ser la protagonista de la rancia tragedia. En ese momento, los presentes tomaron a broma el comentario de la anciana. Pero al descubrirse el esqueleto en el embarcadero, el guía explicó a las autoridades el extraño percance, y les proporcionó los datos de la mujer, que constaban en la ficha de inscripción.
Cuando la policía fue a interrogarla, ella negó haber hecho el comentario, y rechazó de plano ser quien dijo ser.
¿Qué la había inducido entonces a gastar esa broma de mal gusto? ¿O dijo la verdad aquella noche a orillas del Colorado, en el recorrido inevitable que el asesino gira al lugar de su crimen, y optó por retractarse para evitar las consecuencias?
El programa despidió la historia como una más de las que nunca se desentrañarán. Y yo recordé mis emociones en la casa Kolb, y una inquietante teoría: la energía de aquellos a los que se despoja a la fuerza de su cuerpo, permanece en el lugar en el que se consumó la violencia.
Contemplé las diapositivas que hice aquella tarde de verano, y reviví la intuida presencia del hombre del embarcadero.
Con mejores medios técnicos, quizá habría podido captar su energía plasmática, flotando entre los cortinajes y la brillante madera. Persiguiendo a una despistada turista fascinada desde niña por el salvaje Oeste.
Han transcurrido más de treinta años. Todavía no he vuelto a la casa Kolb.

Carmina Fort