HERMANOS SEPARATISTAS

septiembre 29th, 20188:10 am

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A principios de los años setenta, durante un concierto del guitarrista Santana, algunos espectadores de la primera fila se pusieron a bailar entre las butacas y el escenario, obligando al artista a parar el espectáculo. Tras pedir insistente e infructuosamente desde el micrófono que los espontáneos danzantes volvieran a sus butacas, los organizadores decidieron llamar a la policía para que pusiera orden.
Cuando tres o cuatro policías entraron en la sala, todos nos pusimos de pie protestando por tan indeseada presencia. Yo estaba en una butaca junto al pasillo, y uno de los policías que avanzaba hacia el escenario amartilló mientras pasaba junto a mí su pistola, sin duda temiendo por su seguridad entre aquella turba de progres vociferantes. Mientras tanto, Santana, todo vestido de blanco, pedía contención a los “grises” en estos términos: “Hermanos policías”, que al final se llevaron a la comisaría a los insumisos hermanos espectadores.

Avanzando por esos esenciales años setenta, durante un viaje profesional a Barcelona fui a una manifestación, y cuando las sillas empezaron a volar en las Ramblas, corrí junto a otros perseguidos por la policía hasta encontrar refugio, oh, paradoja, en una armería, que en cuanto entramos en tromba los que llegamos a tiempo, bajó la persiana metálica. Había fraternidad antitardofranquista. ¡Vaya palabro!

En aquel viaje me vi con destacados representantes de la cultura y hablamos apasionadamente de feminismo, de política, de arte… ¿De qué se habla hoy en Barcelona? La capital de la edición, de la canción protesta y poética, con Lluis Llach, Raimon, Ovidi Montllor, María del Mar Bonet, Marina Rossell… El idioma no era una barrera, era un puente querido e inspirador, y nadie se sentía por encima de otros sino hermanado a otros, y la gente en Madrid rompía las puertas del Teatro Español, con las entradas agotadas, para escuchar a Llach, sin conocer una palabra de catalán. Y autores catalanes y vascos ponían música a los versos de Machado, de León Felipe, de Goytisolo, de Blas de Otero, enriqueciendo a la sociedad.

Al cabo de mucho tiempo, gentes de todas las edades nos hermanamos en las plazas pidiendo democracia real y una sociedad más justa, y algunos nos asombrábamos de estar en la puerta del Sol pidiendo lo mismo cuarenta años más tarde. Pero la Spanish Revolution ha tenido al final poco de “revolution”: los revolucionarios han demostrado en el ámbito privado el ansia por emular a los criticados en las plazas, y ya viven todos desahogadamente del erario público. Nos han vuelto a engañar.

No es que los valores de ciertos grupos de hace cincuenta años fueran loables, ya que se respaldaba la lucha armada, y nos hermanábamos en el salvaje propósito de matar al enemigo, y el enemigo lo deciden, hoy como ayer, dirigentes con nulos principios y escasa sesera, jaleados por medios con muchos intereses económicos y escasos escrúpulos.

Y lanzo una modesta proposición: que en la escuela se ofrezca el estudio de las lenguas cooficiales, vasco, catalán y gallego, así se sabrá que el castellano bebe mucho del vasco, que en gallego escribían poemas Alfonso X y Lorca, y que el catalán procede del provenzal, del occitano, que permitiría conocer la gloria de los trovadores del Languedoc.

Los españoles estamos siempre en plan Sísifo, pero como éste héroe había desposado a una de las Pléyades, tengamos la esperanza de conseguir algún día elevar por fin la roca de la inteligencia hasta la cima de la hermandad. Amén.

Carmina Fort