NIÑOS BUENOS, NIÑOS MALOS

mayo 18th, 201111:43 am

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Antaño, al revoltoso, al que no se aprendía el contenido de los libros, o al que hacía preguntas que colocaban en un brete al profesor ignorante, seglar o religioso, le obligaban a ponerse de rodillas en el estrado sosteniendo libros con los brazos en cruz, en ocasiones coronado con orejas de burro; le castigaban las palmas con la palmeta, o le enviaban a las clases de los mayores para que vivieran una humillación ejemplarizante. La situación no ha mejorado; los castigos físicos se han sustituido por los psicológicos: según su conducta complazca o no a los que mandan en las aulas, se pone en los corchos, a la vista de todos, una mueca de enfado o una sonrisa junto al nombre del niño, quien interioriza el estigma identificándose de forma espontánea ante el visitante: “Yo soy el malo”. Los maestros no lloran ante esta vileza; se ríen.
Recientes investigaciones sobre reacciones del cerebro han descubierto que el rechazo social activa las mismas regiones que se iluminan con el dolor físico, y se concluye que la sensación de pérdida de aprecio social puede desencadenar síntomas físicos.
Tanto en las generaciones que crecieron durante el franquismo como en las de ahora, el poder trata siempre de someter, de modelar las conductas al servicio de sus intereses -porque las gentes culpabilizadas y humilladas tienen menos recursos para oponerse a los que guían con estudiadas técnicas a la sociedad-, utilizando como herramientas a quienes se muestran mansos y temerosos ante el que manda, y resolutos y dictatoriales ante el indefenso.
Pregunta a los maestros: ¿Es esto pedagogía?