PERIODISTAS Y MEDIOS

octubre 14th, 201110:08 am

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En el año 1890, en la ciudad de Nueva York, un grupo de colegas de John Swinton, el periodista más famoso de entonces, organizó en su honor un banquete, en cuyo transcurso alguien propuso un brindis a la prensa independiente, que el homenajeado atajó con esta reflexión:
“No existe, en esta etapa de la historia del mundo en América, la prensa independiente. Vosotros lo sabéis, y yo lo sé. No hay nadie entre vosotros que se atreva a escribir sus opiniones sinceras, y si lo hicierais, sabéis de antemano que nunca aparecerían impresas. A mí me pagan semanalmente por mantener mis opiniones sinceras fuera del periódico en el que estoy empleado. Algunos de vosotros recibís salarios similares por cosas similares, y cualquiera que fuese tan estúpido como para escribir sus opiniones sinceras, estaría en la calle buscando otro trabajo. Si yo permitiera que mis opiniones sinceras aparecieran en ejemplares de mi periódico, antes de veinticuatro horas, mi empleo se habría esfumado.
El negocio del periodista es destrozar la verdad, mentir abiertamente, pervertir, vilipendiar, humillarse a los pies de Mammon (símbolo de la avaricia en el N.T.), y vender a su país y a su raza por su pan cotidiano. Vosotros lo sabéis, y yo lo sé; y cuán estúpido es este brindis a una prensa independiente.
Somos las marionetas; ellos tiran de las cuerdas, y nosotros bailamos. Nuestros talentos, nuestras posibilidades y nuestras vidas son enteramente propiedad de otros hombres.
Somos prostitutas intelectuales”.

Decenios más tarde, el veterano periodista italiano Indro Montanelli, escribía:
“Hemos mantenido los acuerdos: nos hemos limitado a los hechos, absteniéndonos de comentarlos. De manera que el lector, pobrecillo, creerá estar juzgándolos con su propia cabeza, sin darse cuenta de que la cabeza se la hemos confiscado nosotros. He aquí un ejemplo de eso que los imbéciles llaman “objetividad periodística”.

En Abril de 1961, la Asociación Americana de Editores de Prensa celebró una gala en el hotel Waldorf Astoria de Nueva York, con el presidente Kennedy como invitado estrella. En su discurso, tras recordar que la periodística es la única actividad económica protegida por la Primera Enmienda de la Constitución, privilegio que merecería la correspondiente responsabilidad por parte de la Prensa, Kennedy destaca el peligro de la Guerra Fría en la que está inmerso el país, lo que requiere en su opinión que tanto la Prensa como el Presidente reconcilien la necesidad de una más amplia información pública y de un más amplio secretismo oficial, pero matiza:
“El término mismo de “secretismo” es repugnante en una sociedad libre y abierta, y nosotros, como pueblo, estamos personal e históricamente en contra de las sociedades secretas, de los juramentos secretos y de los procedimientos secretos”.

Unos mantienen que esas líneas de su discurso, evidencia y advertencia de que estaba al tanto de conjuras y actividades ilegales, le habrían costado la vida; otros creen que el atentado fue la respuesta a una decisión suya, de gran alcance económico para algunos:

El 4 de junio de 1963, Kennedy había firmado la Orden Ejecutiva 11110, por la que se devolvía al Gobierno de Estados Unidos la facultad de emitir moneda, sin pasar por la Reserva Federal –que ni es federal ni tiene reservas- creada en 1913 por bancos de los Rosthchilds y otros de su cuerda, que la controlan desde entonces.
El 22 de noviembre, en el avión presidencial que llevaba el cadáver de Kennedy de Dallas a Washington, Johnson juró su cargo como nuevo presidente, y cuentan que su primera decisión fue… derogar la Orden 11110, devolviendo las competencias de emisión de moneda a los banqueros conjurados en la Reserva Federal.

CHAPOTEOS
Los periodistas no mantienen con los políticos las distancias afectivas o económicas que requiere su labor de control de los representantes de la población. Tener carnet o ser simpatizante de un partido debería inhabilitar a un profesional de la prensa para ocuparse de asuntos relacionados con personas y hechos vinculados a la vida pública, porque minimiza barbaridades de los suyos y maximiza tonterías de los adversarios. ¿Juez y parte? Imposible, como se ha visto en la reciente actuación del presidente del Tribunal Constitucional, un estómago agradecido que disimula sus veredictos bajo el socorrido término de “ideología”. Ideología significa tener una idea previa sobre los hechos que se van a juzgar, en un tribunal o en un medio de comunicación, y la opinión de quien aborda un asunto mediatizado por sus prejuicios doctrinales no vale el papel en el que está impreso; y el mazo del juez carga el aire de la sala de justicia con su propia miseria.

¿Qué pintan conocidos dirigentes de medios de comunicación en las reuniones del Club Bilderberg? ¿Van en su propio nombre, o en el de sociedades cuya verdadera actividad se nos escamotea?
Las discusiones y conclusiones de ese selecto foro son secretas, pero el profesional de la información al que se invita, aplicará la línea editorial que le marquen los financieros que controlan su medio y su propia carrera. Allí se va a recibir consignas, y quien no se atenga a bailar al ritmo que le tocan, a ser prostitutas intelectuales –algunos, ni intelectuales- tendrá un breve recorrido en ese mundo férreamente controlado, que intoxica la razón del ciudadano para impedirle la reflexión.
Si se leen varios periódicos, impresos o digitales, o se ven varios canales de televisión, se comprueba que todos los medios incluyen en un alto porcentaje las mismas noticias, porque todos se nutren de las mismas agencias, aunque presentadas con distinto enfoque, ya desde el propio titular.
Eustace Mullins, discípulo y amigo de Ezra Pound, autor de un libro sobre la Reserva Federal, y otro sobre el parasitismo económico, escribió el artículo: “¿Quiénes son los dueños de las cadenas de televisión?” (Who owns the TV networks?”), en el que destaca la sorprendente similitud entre las noticias y programas de las tres mayores cadenas “independientes”, NBC, ABC, CBS, y tras analizar los nombres de sus respectivos directores y la relación de éstos con empresas, bancos y cargos políticos, descubre que sus intereses están de tal manera entrelazados, que llega a la conclusión de que sólo existe una cadena de televisión, enmascarada como tres que compiten entre sí.

La reciente emisión en France 2 de un reportaje sobre la posibilidad de un Estado Palestino, que hace un implacable recorrido por la situación de la población palestina, tanto de los refugiados, a quienes se impide el retorno a su tierra -a pesar de estar avalado por la resolución 194 de la ONU-, como de los habitantes de Jerusalén Este, Gaza y Ramala, y analiza el peso del lobby judío en la política del Gobierno de Estados Unidos sobre ese tema, despertó la ira de colectivos judíos. Uno de los responsables del reportaje, Charles Enderlin, parisino con pasaporte israelí, respondió a las críticas y amenazas desde su blog, con un comentario titulado: “Buenos días, censores”.

Obama ha pasado de defender la necesidad de un Estado Palestino con las fronteras de 1967, a anunciar que siempre estará junto a Israel y vetará la admisión en la ONU de un Estado Palestino, en caso de que la petición obtuviera el necesario respaldo de 9 de los 15 votos del Consejo de Seguridad. Ya se sabe que la ONU es un organismo democrático-dictatorial, con cinco miembros de la Comisión Permanente de ese Consejo con derecho a veto (Estados Unidos, Francia, Reino Unido, China y Rusia), y 188 países comparsas.
El viraje de Obama tiene al menos dos explicaciones: primera, su partido ha perdido el escaño al senado por Nueva York, tras votar masivamente los judíos de ese Estado al candidato republicano, en contra de su tradicional apoyo a los demócratas, molestos por el enfoque del Presidente sobre el tema palestino; segunda, para su campaña de reelección, Obama necesita las cuantiosas donaciones de millonarios e instituciones judíos, que le están marcando el paso.
Ciñéndonos a lo periodístico, en ese mismo reportaje de France 2, se entrevista un antiguo colaborador de la AIPAC, (American Israel Public Affairs Commitee: Comité de Asuntos Públicos Estados Unidos-Israel), quien cuenta a cámara que dicha institución elabora dossiers de periodistas no pro-israelíes, que tendrán dificultad para encontrar trabajo o conservar el que tienen.

En el extremo opuesto, el periódico israelí Haarezt se posiciona a favor de un Estado Palestino; critica la política de su Gobierno; denuncia el odio y la violencia que se ejerce hacia los árabe-israelíes (el último episodio, la profanación de un cementerio árabe), recoge movilizaciones puntuales de intelectuales israelíes en pro de la dignidad y los derechos de los palestinos, y la iniciativa de cientos de israelíes para que deje de identificarse judaísmo y Estado de Israel, al considerar religión y democracia conceptos antagónicos.
Paradójicamente, ninguna de esas noticias aparece en los medios españoles. Ser tachado de “anti-semita” es una lacra, como ya se han encargado algunos de que así se considere toda crítica a particulares o políticos judíos, que se escudan en quince millones de hebreos para que no se aireen sus desmanes personales. El horror del holocausto tuvo como consecuencia la promulgación de leyes en distintos países, que hasta encarcelan a quien cuestione el número real de víctimas o arroje luz sobre oscuros aspectos silenciados de aquel drama, como la connivencia entre jefes sionistas y altos cargos nazis a finales de los años treinta, para obligar a los judíos alemanes más cualificados a emigrar a Palestina. Hay muchos libros escritos por judíos sobre tan espinoso tema, y hasta sionistas, como el escritor y guionista Ben Hecht, lo denunció en su obra “Perfidia”.

Existen teorías sobre la malignidad de grupos que pretenden controlar el mundo; con ese fin, crean o manipulan medios de distinta tendencia ideológica, transmitiendo a la sociedad la ilusión de que existe pluralidad; que no vivimos al dictado psicológico de dictaduras mesiánicas. Mullins demuestra en el artículo citado la falacia de medios independientes.

Cuando algunas de sus actividades empezaban a ser aireadas, los Rothschild cortaron por lo sano las filtraciones comprando las tres principales agencia de noticias del Continente: la Wolff en Alemania, en 1849; la Reuters en Inglaterra, en 1851; la Havas en Francia, en 1835.
Se ha señalado que la agencia Wolff manipuló a los alemanes para lanzarlos a la Primera Guerra Mundial, una guerra que los Rothschild facilitaron prestando dinero desde sus respectivos bancos a los contendientes: alemanes, ingleses y franceses.

Algunos periódicos y televisiones no generan dinero a sus propietarios, más bien lo pierden; nacieron como correa de transmisión política, y los políticos mantienen vivos a esos medios, portavoces de sus respectivas doctrinas, con dinero público, bien mediante subvenciones o como partida de los presupuestos generales o autonómicos.
Son medios cautivos, y si alguno de sus periodistas se atreviera a contar sus “opiniones sinceras”, lo pondrían en la calle, como ya advirtiera Swinton; porque un periodista no manejable se convierte en un elemento peligroso a quien nadie quiere contratar.

El diario Liberation, impulsado por Sartre a principios de los setenta, se mantiene en el mercado porque Eduard de Rotchshild invirtió en 2005 veinte millones de euros para convertirse en su accionista mayoritario. Y en una entrevista en televisión declaró lo que todo el mundo sabe: “Creo que es una visión algo utópica querer diferenciar la línea editorial entre la redacción y el propietario”.

Medios españoles han pasado a estar controlados por fondos de inversión, y su línea editorial evidencia la influencia de los nuevos propietarios.

Una excepción en el deprimente panorama lo representa “Le Canard Enchaîné”, que aireara escándalos como los diamantes que Bokassa le regaló al presidente Giscard, ya que este semanario satírico, con casi cien años de vida, es propiedad de sus redactores. Con frecuencia, las pistas para iniciar una investigación les llegan de sus lectores, porque saben que lo publicarán, en lugar de hacer un trueque con información que afecta a terceros, una práctica habitual en los medios.

En el recientemente publicado “Libro negro del periodismo en España”, se induce a entonar un mea culpa colectivo, y algunos profesionales asumen la evidencia… pero seguirán haciendo lo mismo, escribiendo al dictado y ocultando lo que no interesa que salga a quien les paga el sueldo.

La tendenciosidad está presente de manera exacerbada en todos los medios, pero la mayor decepción y engaño a la ciudadanía es la línea que sigue la costosísima Televisión pública, con sus correspondientes comisarios políticos, que vigilan y deciden el tiempo que se dedica a las gentes del partido que los nombró, y a las de la oposición, que los echará tan pronto gane las elecciones para sustituirlos por sus propios comisarios. Y así estamos.

En España apenas hay periodismo de investigación, ni medios lo suficientemente libres económica e intelectualmente para publicar reportajes comprometedores para los poderes fácticos.

Los periodistas se presentan como “profesionales independientes”, encubriendo o ignorando, lo que no es un eximente, que están al servicio de intereses concretos, y los ciudadanos poco maduros asumen como verdades lo que aquéllos cuentan, y cómo lo cuentan.
Por ejemplo, se silencia que los rebeldes libios han matado a más gente que lo gadafistas, porque Occidente, que agasajó hasta ayer a Gadafi sin reparar en sus crímenes, necesita que la opinión pública se identifique con el bando de los «buenos», ocultando que asesinan sin piedad a población civil.

Lenin, Trotsky y un puñado de correligionarios mantuvieron en el exilio la publicación “Iskra”, La chispa, hasta que tomaron el poder.
“Agitprop”, Agitación y Propaganda, fueron términos de acción inventados por ellos, y que al formar la Unión Soviética redefinieron como Departamento Ideológico. Si lo hacían para disimular, peor me lo pones, porque alude al arrasamiento de toda idea que se aparte de lo que la cúpula en el poder ha decidido que la población tiene que pensar, creer y ejecutar.
En España se ha concretado en la asignatura obligatoria “Educación para la Ciudadanía”.
Aquellos líderes, que martirizaron a las poblaciones a las que prometieron salvar, mantenían que la propaganda debía incidir en la mente (“pasiva”) de los individuos, y la agitación, en sus emociones (“activas”). Aunque científicamente no sea así, en su análisis tenían claro que había que saturar la mente de las “masas”, hacer de ellas ejércitos de zombies mediante la repetición de eslóganes, o de interminables discursos de asistencia obligatoria –Castro y otros aplicaron la técnica-, para enardecerlos y lanzarlos a propagar irracional y violentamente el evangelio que los líderes iban inventando y desmintiendo sobre la marcha. “Rebelión en la granja”, de George Orwell, describe lo que fue el estalinismo: el cinismo como forma de Gobierno. Ahí seguimos.
Y las escabechinas que hubo entre los dirigentes de la Unión Soviética, o entre los altos mandos del nazismo, se dan hoy en todos los partidos, españoles y extranjeros, sin sangre, pero tratando de convertir al adversario en cadáver político.
Nos enfadamos con familiares y amigos por defender la doctrina de un partido concreto, y nos tragamos pasivamente las ocurrencias más estúpidas y electoralistas, si son “de los nuestros”. Han logrado convertirnos en robots. Por ahora.

La objetividad no existe; todo pasa por el filtro subjetivo de quien redacta o cuenta la noticia. Medios de derecha y de izquierda van de salvadores de la sociedad, según sus propios patrones: unos quieren que el Estado intervenga hasta en la sopa, en plan estalinista; otros, que la gente se apañe como pueda y apechugue con la vida que merece, en plan talmúdico-calvinista.

COMER DE LA MUERTE

Antaño había en los periódicos una sección titulada “Sucesos”, dedicada a la criminalidad, y se vendía un semanario llamado El Caso, dedicado exclusivamente a relatar todo tipo de delitos de sangre y catástrofes naturales, con víctimas; el truculento semanario se publicó de 1952 a 1987, cuando las televisiones tomaron el relevo.
Los telediarios reviven hoy enteramente aquellas noticias de la España negra, con extensión internacional, que te sirven a cucharadas en tu propia casa, en coincidencia con comida y cena, mostrando primeros planos de charcos de sangre; de gentes mutiladas, muertas, agonizantes por las balas, el hambre y la enfermedad; desesperadas. A robar imágenes del drama ajeno, a contar desgracias, le llaman información. Y en ese término está la clave: información es no formación. Ni está formado el que lo perpetra ni el que lo recibe sin escandalizarse por la transgresión; porque es obvio que los medios de comunicación no pretenden colaborar en la formación de la gente, sino en mantenerla aterrada, incluso obscenamente satisfecha de estar a salvo de los infiernos que con tanto detalle describen los aguerridos periodistas. Donde quiera que se produzcan terremotos, inundaciones, accidentes de tráfico, crímenes, hambrunas, conmemoraciones de catástrofes, habrá cámaras, fotógrafos y reporteros para dar cuenta del sufrimiento. La ciencia, el arte, lo trascendente, no tienen cabida en las noticias.

El que ejerce esta profesión, sabe lo que está haciendo: el texto que escribe, el tono en el que cuenta las noticias, las imágenes que selecciona para ilustrarlas, se lanzan con el objetivo de manipular. También se ve en las tertulias al que va de buenista, de equidistante, de inocente, de justiciero, de secuaz de políticos y financieros.

De aquellos que nos cuentan lo que pasa en el mundo desde una posición ideológica o una meta política, sólo podemos defendernos contrastando publicaciones y cadenas de signo opuesto, para no aceptar pasivamente propaganda en formato de noticia.

Stalin fue responsable de la muerte de decenas de millones de personas en los treinta años que estuvo en el poder, pero los intelectuales occidentales de izquierda prefirieron no creerlo, o minimizar el genocidio como mal menor, convirtiéndose en cómplices del carnicero.

Hay periodistas, pocos, que suponen un riesgo para los que ocultan -desde altos cargos financieros, políticos, militares, policiales- sus crímenes de toda índole, y a esos profesionales incorruptibles se les margina, desprestigia o asesina; y hay una mayoría de periodistas que representan un riesgo para toda la población, a la que engañan, embrutecen y utilizan en beneficio suyo y de sus patrones.

Cada uno sabemos, en ése y en otros terrenos, lo que estamos haciendo u omitiendo.

Y sería recomendable que el lector contrastara los datos del presente texto para llegar a sus propias conclusiones, puesto que han sido seleccionados y argumentados por alguien que no podría tirar la primera piedra.
No se trata de ser inocente o culpable, sino responsable, actitud que raramente se asume en este modelo en merecida descomposición.

La vida es una oportunidad para rectificar lo que no se ha hecho bien. Pero es difícil recorrer el propio camino desde una razón saturada por mentiras científicas, políticas, económicas o culturales segregadas por los medios.

Swinton denunciaba la condición de marioneta del periodista, y el tiempo le ha dado la razón. Pero esa marioneta vive, a su vez, de convertir en marioneta a la sociedad. Tiene delito.

Carmina Fort