POLITICOS

abril 2nd, 201110:08 am

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La clase política aparece reiteradamente en los sondeos oficiales y privados como uno de nuestros más graves problemas, no sólo en España sino en los países con más población de Europa. ¿Y qué es un político, cómo ha llegado a serlo y por qué su mención nos eriza el vello?

Un miembro como cualquier otro de la polis, suele apuntarse joven a un partido y comienza a vivir del trabajo de sus conciudadanos sin haber sabido o intentado ganarse antes el salario en el proceloso mundo laboral. Durante años y años, se mantiene de perfil en el sillón que le han designado, callado, obediente y untuoso ante el que manda, para seguir en la lista de elegibles; de elegidos por su jefe de filas, no por los votantes, que tienen que tragarse la lista entera. Suele haber finalizado los estudios de Derecho, al parecer sin enterarse de los límites marcados por las Leyes vigentes, causa sin duda de sus actos prevaricadores.

Despreciando la acertada máxima, “Quien necesita el poder no debiera ejercerlo”, el político tiene con frecuencia la aspiración de llegar a lo más alto, y para ello maniobra lo que haga falta; a lomos de caballos o de camellos, propina coces a mentores y amigos, rodeándose a continuación de los fieles que le han aupado, en general de pocas luces, para que no le hagan sombra, premiándolos con altos cargos en detrimento de la nación.

Nos hablan de “estrategias” para las elecciones, un término militar que sólo puede suponer la intención de desencadenar una guerra contra la población, bombardeándola con mentiras, promesas vacuas e inducción al miedo.

Ahora todos juran que en sus listas no estarán quienes se hayan enriquecido ilícitamente. Menudo disgusto para los afectados, que ya han cumplido el objetivo al entrar en política de enriquecerse. ¿Cuántos de las listas “limpias” son corruptos no desenmascarados, y cuántos esperan la oportunidad de serlo?

Mientras que un caco “se la juega” en el intento de quedarse con lo ajeno, el político aprovecha que los contribuyentes ha puesto en sus manos la gestión de la riqueza del país, para limpiar la caja.

La antigua expresión “vivir como un cura”, encaja hoy con los políticos, sean creyentes o ateos. Como gestores de los asuntos públicos, blindan su condición de casta: acuerdo de todo el arco parlamentario para adjudicarse sueldos y privilegios de diversa índole, como recibir una generosa pensión por pocos años de cotización –que le han cotizado otros- en sangriento contraste con las condiciones que ellos mismos fijan para el resto de la comunidad nacional. Los expresidentes González y Aznar compatibilizan sus altas pensiones -que vienen recibiendo sin haber llegado a la edad legal de jubilación- con la actividad en la empresa privada, algo prohibido para los demás pensionistas.

Cuando tratan de maquillar los privilegios, y se bajan un poquito el sueldo, alguien lamenta, con la que está cayendo, que se pretenda tener un “Parlamento de pobres”; y quien lo dijo no será un hombre pobre, pero es desde entonces un pobre hombre.

El sistema democrático exige la separación de poderes, y si no se cumple, como es el caso de España, donde los partidos colocan a candidatos de su cuerda en los puestos más altos de la Magistratura, no hay democracia real.  Se nos van imponiendo leyes que reflejan su propia ideología: adoctrinamiento desde la infancia; asesinatos en el inicio y en el fin de la vida; robo a voto armado; protección a los poderosos, que los incorporarán a sus empresas para aprovechar sus amistades peligrosas; y prohibiciones absurdas que les sirven para comprobar la capacidad de obediencia del rebaño nacional, incluyendo la inducción a la delación anónima: nazismo redivivo.

Los partidos reciben dinero público en función de los votos y escaños que han podido arañar, y su cosecha también decide los minutos de espacios gratuitos en los medios para sus arengas en las siguientes elecciones.

Y respecto a la advertencia de la Junta Electoral Central de que no cabe realizar una campaña que pretenda fomentar la participación de los electores, pocos la respetan, porque lo que más temen los políticos es la abstención, que desautoriza su gestión y el propio sistema ademocrático en el que respiramos.

Y se llega al extremo de que un político más que sospechoso de corrupción se considere exonerado de responsabilidad ante la ley con el torticero argumento de que la gente le ha seguido votando. La población apenas tiene datos de los delitos cometidos por sus electos, y tampoco hay rodaje, interés o capacidad para deslindar lo justo de lo injusto.

Cobran por cabeza de elector, una caza mayor con la mentira como escopeta.

Es desastroso para el estado anímico de un país que sus representantes públicos engañen, mientan, prevariquen y roben sin que sus acciones tengan consecuencias. Se mueven en la impunidad porque hemos permitido que se nos domestique hacia la pasividad y el fatalismo.

¿Hasta cuándo?