PUEDE SER PELIGROSO

julio 22nd, 20138:33 am

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En la película “La vida de Brian”, se obliga a salir a la arena a empujones a un gladiador, que se resiste con el argumento: “No, no. Puede ser peligroso”.
Es lo que ha sucedido con los que viven en España de la cosa pública: durante treinta y cinco años se han resistido a dar cuenta de sus bienes e ingresos, privilegios y tejemanejes porque era peligroso que la población lo supiera, hasta que se han visto arrastrados a la arena de la transparencia –sólo promesas para calmar la indignación- por los múltiples delitos que protagonizan o les salpican. Ahora aseguran que quieren acercar los partidos a los ciudadanos. ¿Por qué no lo han hecho durante los últimos tres decenios y medio? Porque se sentían impunes frente a una ciudadanía engañada y acrítica. ¿Y por qué creen que son “ellos” quienes pueden decidir si acercan o no a la ciudadanía la acción de sus organizaciones, pagadas con el dinero de todos? ¿Y cómo osan gentes que viven del trabajo de los demás negarse a contestar preguntas, a dar explicaciones de su gestión en un foro público, convirtiendo a los periodistas en buzones de correo?
España es el segundo país del mundo en número de coches oficiales, sólo por detrás de Estados Unidos, que tiene seis veces más de habitantes. En España hay 49 aeropuertos, mientras en Francia, con un tercio más de población, sólo hay 23. Aquí se ha ejercido la megalomanía con dinero público, que “no es de nadie”, según una preclara dirigente socialista. Y entonces comprendemos los ERES en Andalucía, y tantos otros delitos cometidos en todos los puntos del país.
Cuando se vieron pillados en sus excesos, las comunidades autónomas empezaron a vender coches oficiales, a rebajar el número de diputados, a justificar –exculpándose- la pasta que se han venido llevando políticos, sindicalistas y empresarios por hundir las Cajas de Ahorros, repartiéndose entre ellos el dinero que ahora tenemos que pagar los españoles, mediante la subida del IRPF o el IVA, que iguala al millonario y al parado al comprar una barra de pan, un paquete de cigarrillos o una entrada de cine o de teatro.
Unos de jactaron de “saber todo sobre todos”, al más puro estilo del KGB; otros escupen (literal) amenazas desde los datos que manejan de los contribuyentes, en el más puro estilo gansteril. Y decretan una amnistía fiscal para limpiar el dinero y el nombre de grandes evasores, que tendrían que estar en la cárcel por haberse saltado esa especie de doctrina casi religiosa de que sólo es buen ciudadano aquel que paga voluntariamente a Hacienda. Y del destino de la recaudación, nos ofrecen las cuentas del Gran Capitán.
La justicia dilata, por falta de medios o por connivencia con los imputados, los procesos en el tiempo hasta que la gente olvida –o peor aún: sabe y no le importa- que está votando una lista nutrida por delincuentes, incurriendo en la responsabilidad de permitir que sigan delinquiendo mientras cobran de las mermadas arcas públicas.
No es sólo que estemos endeudados hasta el cuello, es la sensación fatalista de que nada puede hacerse frente al cinismo de los que dirigen el país desde todos los estamentos: Jefatura del Estado, Gobierno, Partidos políticos, Judicatura, Tribunal de Cuentas, Sindicatos, Patronal…
Y ya se sabe cómo acaba la secuencia de “La vida de Brian”: el gladiador cobarde agota al otro, que sucumbe de un ataque al corazón, mientras el superviviente muestra al público su victoria con un “corte de mangas”.
Lo que puede ser peligroso es que nos conformemos, que adaptemos nuestra forma, nuestras fuerzas, nuestras vidas a los intereses y desmanes de tales señores y señorías, que cuentan para mantenerse en sus privilegiadas posiciones con la pasividad de una ciudadanía saturada de mentiras y analfabeta por elección.
Hemos avanzado en lo tecnológico, todos tenemos móviles y ordenadores, pero no nos sirven para transmitimos las ideas brillantes y vibrantes de los que se han puesto al mando del país, porque no las tienen.
Sí, Franco lo dejó todo “atado y bien atado”: a nosotros.

Carmina Fort