UN VIEJO EN LA CASA BLANCA

octubre 24th, 20207:23 am

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Uno de los dos, Trump con 74 años y Biden con 77, estará al mando de la mayor potencia mundial marcando el destino del planeta. Y a ambos se les critica por sus aptitudes y actitudes, por su pasado, por su gestión pública, por su ideología, por las mentiras que lanzan en entrevistas y debates, pero nadie los descalifica para el comprometido puesto por ser viejos.
Sólo los profesionales liberales pueden seguir hoy ejerciendo sus tareas remuneradas al margen de su edad mientras que el resto, los empleados en cualquier campo, tienen que jubilarse; unos, encantados tras la esforzada vida de funcionario, en la cadena de montaje, en el andamio o detrás del mostrador; otros, frustrados porque su formación y experiencia se van por el sumidero. Y vive Dios que no estamos para desaprovechar inteligencias y capacidades.
Imaginad que a Picasso, al entrar en la sesentena, se le hubieran quitado los pinceles, privándonos de sus siguientes treinta años de creatividad.
Se dice que hay que enviar a la gente a casa para que deje sus puestos de trabajo a los jóvenes y disfrute de un merecido descanso, pero el paternalismo estatal dependerá de la pensión que le quede. Jubilación viene de júbilo, y cuando se ve en las tiendas a viejos buscando los productos más baratos, poco júbilo parecen disfrutar en esta etapa de su vida.
Los políticos tienen ese aspecto bastante resuelto; en general, seguirán calentando el escaño en cualquier Administración pública, o utilizarán las engrasadas puertas giratorias para enriquecerse, cualquiera que sea su edad. Mientras tanto, se lanzan entre ellos acusaciones de no haber dado un palo al agua; a ver quién ha sido más vago antes de vivir de los contribuyentes.
Me duele la espalda de tanto oír hablar de los que levantan la persiana de un negocio; me siento somnolienta cuando mencionan “la España que madruga” para ganarse el pan. En Estados Unidos se divide a los trabajadores entre “white collar” o de cuello blanco, gente de oficina, y los “blue collar” o de cuello azul, los obreros. De ahí podríamos dar un salto para calificar a algunas gentes de “ladrones de guante blanco”. ¿Y no lo son aquellos que reciben altos salarios públicos sin cumplir a cambio sus obligaciones con la población que les paga?
¿Por qué Trump y Biden, uno de aspecto brutal, y el otro de muñeco de cera no quieren irse a casa? No son científicos, no son artistas, nada pueden aportar a la sociedad. Pues no se van por amor al poder, el más potente afrodisiaco. Su único amor verdadero. Son dos viejos ambiciosos de honores, pero nadie los acusará de chochear.

Carmina Fort